domingo, mayo 02, 2021

UNA REVUELTA LIBERAL

 Horas tensas se viven en las calles colombianas: un significativo segmento de la sociedad, pese al miedo que generan el COVID-19 y la represión policial, ha salido a protestar en contra del proyecto de la reforma tributaria. Otro tanto mayor permanece en casa, cuidándose de la muerte, pero con la misma convicción de la injusticia que viven. ¿El gobierno? Ausente.

Es raro que una sociedad tan indolente y acostumbrada a las injusticias como la colombiana arrope como propósito nacional el rechazo al cobro de impuestos que propone el Gobierno de Duque. Pocas veces, como en estas horas, el Presidente de la República encarna el propósito constitucional de simbolizar la unidad nacional: no son muchos los que están con él. Ensimismado en su desconexión social, ha anunciado hacer uso de un viejo error latinoamericano: afrontar los problemas sociales como si fueran de orden público. Hoy más que nunca retumba lo que el profesor Laureano Gómez Serrano dejó escrito en su tesis doctoral pero que no se atrevió a publicar: “La oligarquía colombiana prefiere anegar de sangre al país antes de ceder un ápice de sus privilegios”.

También se escuchan viejos cantos de sirena: las marchas están infiltradas por el comunismo que no hizo la paz con el Gobierno Santos. No puede haber un embuste más grande. Los socialistas en Colombia no son tantos. El poder de movilización que ve el país solo es posible por enarbolarse la defensa del más sagrados de los derechos liberales: la propiedad privada. 

En lo que no temió publicar Laureano Gómez Serrano lo dijo con claridad: el liberalismo burgués construyó su consenso “en torno a la consolidación del derecho de la propiedad, como una estructura de derecho natural equiparable a la igualdad, la libertad y la seguridad, pero ella sí, en todo caso, tangible y realizable, mientras que los otros derechos no eran más que manifestaciones de una quimera” (Teoría de los derechos fundamentales, 2009, p. 21). En favor de la defensa de la propiedad se pelearon las revoluciones burguesas y las guerras de independencia, se guillotinaron reyes y realistas y se inmolaron revolucionarios. El constitucionalismo tiene escrito en mármol como uno de sus principios irrenunciables “no taxation without representation”.

¿Cómo ha podido olvidar la oligarquía colombiana eso? Es sencillo: nuestras élites no son capitalistas sino feudales. Nunca han querido renunciar a la sociedad estamental y señorial que heredamos de la corona española. De allí que el proyecto de reforma tributaria de Duque no grave a los más ricos, sino a la clase media. El Congreso colombiano ha sido expropiado por las élites clientelistas y corruptas de allí que no sirva de talanquera para el poder. La sociedad colombiana lo sabe y por eso se ha volcado a las calles. 

¡Quienes protestan no son propietarios! ¿Qué son entonces? La antigua formula de Sieyès debe repetirse:

1. ¿Qué es el tercer estado? TODO.

2. ¿Qué ha sido hasta el presente en el orden político? NADA.

3. ¿Cuáles son sus exigencias? LLEGAR A SER ALGO.”

Los indignados que atiborran las calles son en su gruesa mayoría personas que no poseen más que sus ingresos diarios, que ahora el régimen quiere gravar tributariamente. Están en las calles para que no les expropien el único sueño que tienen: vivir en dignidad.


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